APORTES AL DEBATE EDUCATIVO
EN PARTICULAR EDUCACIÓN SECUNDARIA
¿Qué Educación queremos?
¿Una educación comprometida solamente con la trasmisión
de
“saberes académicos”? ¿O también comprometida con la
sociedad ?
¿La educación debe preocuparse en la “formación de valores”?
¿Cómo se forma en valores? No formando expresamente en
valores, ¿no se estará formando implícitamente en otros valores?
¿La educación debe involucrarse en las problemáticas
sociales que afectan al niño y al adolescente?
¿O permanecer al margen? (“no es mi tema”)
¿Educar para la inclusión, o solo intentar incluir a la
educación?
¿Contener o liberar?
¿Educación comprometida con la Democracia? ¿Con qué
democracia y con qué país? ¿O sólo comprometida consigo misma?
Son
sólo algunas de las interrogantes y algunas de las opciones que el sistema
educativo uruguayo debe necesariamente afrontar, definir y asumir hoy.
En
ese rumbo ubicamos nuestro aporte en el marco del actual debate educativo.
En
los hechos, y más allá de un cúmulo creciente de enunciados teóricos, el
sistema de educación secundaria se centra casi exclusivamente en la “enseñanza”
de ciertos saberes académicos presentes en cada asignatura.
Saberes
“aprendidos” frecuentemente a través de la memorización que, al no tener en la
gran mayoría de los casos una continuidad posterior, serán rápidamente
olvidados. Por otra parte, esos contenidos académicos son rebajados cada vez
más, vistos los resultados reflejados en los índices de repetición y deserción.
Y en esto entra a pesar otro elemento: Un alumno repetidor es un alumno caro.
Facilitar la culminación de un ciclo y la salida rápida del sistema es un
factor con peso creciente en la evaluación, y no sólo por el dudoso y
problemático tema de la posible inserción laboral.
Probablemente
más de la mitad de quienes culminan el ciclo básico tendrán serias dificultades
para encontrar un lugar en el sistema formal de trabajo.
La resistencia del sistema educativo a ir más allá
de la transferencia de unos devaluados saberes ha determinado, entre otras
cosas, que la educación de los más
carenciados quede en manos, por ejemplo, de la televisión. En un marco de
creciente desintegración familiar, de insuficiente socialización escolar, con
los estragos del desempleo, crece el desencuentro entre diferentes subculturas
que se han ido desarrollando en el seno de la sociedad, y que tiene en la
pantalla chica casi el único punto de encuentro. Esto otorga a ese medio de
“comunicación” una función “estabilizadora”, formadora de consensos a favor de
los sectores dominantes, un rol de vanguardia
en la fabricación de mitos
y en el dominio de
la “cultura de
mercado”.
Tenemos la visión de que nuestro sistema educativo
es muy poco democrático y está
muy alejado de formar en esa perspectiva. Hay en él una parte
-la autoridad, el adulto- que establece metas y
reglamentos, decide qué se debe enseñar y qué no, impone una determinada
disciplina, evalúa, etc., mientras otra parte -el adolescente- recibe, acata,
padece, en forma acrítica y silenciosa, sin derecho al cuestionamiento.
La profundidad de una democracia se mide por el
nivel de involucramiento y
participación, activa y permanente, de los ciudadanos en su seno. Esto
contradice la esencia de la cultura neoliberal que promueve el aislamiento
individual, la conciencia modelada por el mercado, la opinión manipulada y la
sumisión al consumo en una sociedad en la que las decisiones se van
concentrando cada vez más en los especialistas, en los técnicos, alejándose de
la ciudadanía. Hoy la participación ciudadana se encuentra en franco retroceso.
El escenario de la política se ubica en alturas cada
vez más remotas e “incomprensibles” y las formas de hacer política tienden a
reforzar la desactivación ciudadana. En esa desactivación, en esa desmotivación,
juega un rol no poco importante la educación. El mercado es hoy el gran
formador de valores. Los jóvenes caminan deslumbrados tras las “marcas”,
publicitándolas en mangas y bolsillos de sus ropas, anhelando la más costosa. Aquella que
le significará ser “el mejor”,
el más en onda, el
más atractivo y
exitoso. Marcas que, como varita mágica, son capaces
de transformar la realidad. La publicidad nos muestra la suprema felicidad, la
belleza y el poder que proporciona el consumo de tal o cual producto. No
tenerlo es “no existir”.¿Cuánto puede significar el sufrimiento, el sentimiento
de desgracia, a veces hasta el deseo de muerte, que puede dominar a un
adolescente que no puede acceder a ese “existir”? El mercado trabaja permanente
e incansablemente en la formación de valores. También en la destrucción de
todos aquellos otros valores que cuestionan su imperio absoluto.
A la máxima “hacé la tuya” se suman los crecientes ofrecimientos “tranquilizadores”
del tipo “estamos pensando por vos”.
Dice Pérez Esquivel: “podemos sacar de las
universidades y escuelas muy buenos
profesionales, pero cuidado, porque pueden salir con mente de esclavos y van a ser
buenos esclavos para un sistema
de dominación”.
Hay frases que son infaltables toda vez que se hable
de fines y objetivos en educación. Sea en el debate, en la declaración, en el
reclamo, en el análisis, es difícil que no surjan frases de este tipo: “se debe
apuntar a formar ciudadanos críticos, activos, solidarios, comprometidos en la
construcción de sociedades más justas, más solidarias, que avancen hacia la paz
y el bienestar de todos los hombres y mujeres de mundo”. Entre nosotros y últimamente,
hemos visto expresados esos conceptos, en trabajos de las ATD, en el último
congreso de FENAPES, en la última Convención de la FEUU, en trabajos del
Ministerio de Educación y Cultura como el titulado “Desafíos de la Educación Uruguaya”
de diciembre de 2005 al lanzarse el “debate educativo”, y hasta en discursos
presidenciales.
Ahora bien, siendo esto así, ¿qué es lo que está
impidiendo avanzar hacia ese objetivo, comprometernos efectivamente con él?
porque si hay acuerdo en el enunciado, no menos cierto es que el mismo acuerdo
existe en relación a que hoy nuestro sistema educativo no forma ciudadanos críticos,
reflexivos, autónomos, solidarios, comprometidos con su medio, aptos para
comprenderlo y transformarlo, capaces de afrontar y resolver el conflicto a
través del diálogo y la confrontación de puntos de vista, de la critica y la
autocrítica, en el marco del respeto por el otro.
¿Podemos pensar que el obstáculo está en la falta de
recursos, en los bajos sueldos, en la carencia de funcionarios, en la falta de
locales, en la falta de libros, en las carencias que todos conocemos? No hay
duda que esto es un
gran obstáculo para el mejoramiento de nuestro
sistema, más aún para viabilizar cualquier proyecto transformador importante y,
sobre todo, para que el derecho a la educación
sea efectivo para todos en forma igualitaria. Pero aún así creemos que no está allí el principal
obstáculo. Existen múltiples experiencias a nivel mundial de emprendimientos
educativos llevados adelante en el marco de las peores condiciones
socioeconómicas, con educadores muchas veces voluntarios, con pocos recursos,
que han logrado metas muy importantes no sólo en alfabetización, sino también,
paralelamente, en formación ciudadana, en liberación de conciencia
trascendiendo el sentido común y su visión adormecedora sobre el “orden natural
de las cosas”
Estamos convencidos de que el gran obstáculo de
fondo está en el propio sistema educativo y su concepción individualista,
autoritaria, vertical, fundado en verdades absolutas e incuestionables y
edificado sobre un orden que descansa en el principio de autoridad como fuente
legitimadora de la verdad. Creemos que esto es tan obvio que tal vez por eso
mismo cueste tanto verlo.
Nos surgen, desordenadamente, estas preguntas:
¿Puede formarse para el pensamiento crítico al margen de su ejercicio, del
cuestionamiento, de la investigación? ¿Puede formarse en el sentido de la
solidaridad, el compromiso y la responsabilidad social fuera de la experiencia,
al margen de una práctica colectiva, al margen de la reflexión y el debate
sobre las experiencias concretas de vida? ¿Se puede formar en derechos humanos
exclusivamente a través del enunciado de leyes, normas y códigos, al margen de
la experiencia social y la vida cotidiana del joven?. ¿Se puede formar éticamente
estableciendo por decreto qué está bien y qué está mal? La cooperación, el
compromiso en relaciones personales constructivas y solidarias, ¿pueden
“aprenderse” teóricamente, al margen de experiencias compartidas y trabajo en
equipos?
Estamos profundamente
convencidos de la necesidad de generar en el seno del sistema educativo
espacios de construcción de democracia a través de una auténtica participación
del joven.
Esta no surge tampoco por generación espontánea. Es
un aprendizaje que, como tal, debería comenzar en la escuela y profundizarse en
la adolescencia. Concebimos estos
espacios como sitios
donde tratar, reflexionar
y
debatir en forma horizontal, diferentes ejes
temáticos provenientes de dos vertientes: las propuestas de los propios
estudiantes y las provenientes de la propia institución. Polemizar, cuestionar,
criticar, aportar, proponer. Partir de un guión básico adecuado a cada nivel.
Temas, a modo de ejemplo y en forma desordenada, tales como las adicciones, lo
afectivo-sexual, construcción de normas de convivencia, cooperación, el
conflicto, consumismo, exclusión, emergencia social, asistencialismo y
compromiso social, niñez en la calle, violencia en sus más diversas
manifestaciones, discriminación, inclusión, culturas juveniles, comunicación,
opciones hacia el prójimo y hacia el medio ambiente, etc., etc.. También
visualizamos ese espacio como lugar donde ejercer la critica y la autocrítica como
herramienta de crecimiento individual y colectivo. El estudiante debería
participar en evaluaciones sobre la vida liceal, en cuanto a lo más general
como también en cuanto a su grupo, sus docentes, la autoridad, los
funcionarios.
No se trata de “clases” sobre cada uno de los temas
sino de abrir una reflexión y debate horizontal a partir de experiencias
concretas de vida, aportando obviamente
la información necesaria, incentivando el cuestionamiento, sin tener como meta
“cerrar” los temas con conclusiones
únicas. Proponer investigaciones a nivel del liceo, del barrio, de actividades
productivas, sociales o culturales de la zona, etc..
Podría denominarse espacio de “formación
democrática” o “ética ciudadana”
u otro nombre similar que no repita denominaciones ya utilizadas unidas a
contenidos y metodologías muy diferentes a las aquí planteadas. En
especial no debería confundirse con el
“espacio adolescente” de la reforma del 96, que significó en los mejores -muy pocos- casos la introducción
de talleres para actividades “atractivas” a los jóvenes con aporte en
socialización y desarrollo de creatividad, como por ejemplo talleres de teatro
o murga, etc.. Espacios que, bien trabajados, deberían existir ofreciendo
diferentes opciones a los jóvenes, pero que poco tienen que ver con lo que
venimos reclamando. Menos aún debería confundirse con la tradicional
“educación social y
cívica” o la
“formación ciudadana” de
la reforma
del 96.
Lo que proponemos son ámbitos de construcción
colectiva del conocimiento, de participación real, de problematización de la
realidad, de cuestionamiento al “sentido común”, al “orden natural” y las “verdades evidentes”,
de desmitificación
del discurso hegemónico, de generación de conciencia
crítica. El modelo de participación activa debería
estar presente en todo el trabajo de aula. El adolescente tendría que poder
desarrollar compromisos surgidos libremente del acuerdo o del consenso, no de
la mera imposición, asumir responsabilidades, tomar decisiones, desarrollar
iniciativas y defenderlas, tener ámbitos de autogestión de relevancia
creciente. No se trata de meros cambios metodológicos dentro del mismo modelo y
para los mismos fines.
Se trata de pasar de un modelo basado en el criterio
de autoridad, la estructuración vertical, construido sobre “certezas” y
simplificaciones, al margen de la vida social y sus transformaciones, a uno participativo, plural, horizontal,
construido sobre la problematización, con énfasis en el proceso y - puntería liberadora -, profundamente
comprometido con la sociedad. De un modelo elitista a uno democrático.
Seguramente la formación actual del IPA sea un
obstáculo serio para el desarrollo de una educación basada en el diálogo, la
construcción colectiva, el cuestionamiento, la crítica, las discrepancias, los
finales abiertos. También existen en la educación formal evidentes prejuicios
hacia la llamada “educación no formal” y sus metodologías -en general
consideradas sólo aptas para la
educación de pobres y excluidos-. Sin modificar profundamente la formación
docente no parece viable ningún cambio importante en educación. En ese sentido sería imprescindible dar cabida
junto a la “educación tradicional” a procesos de construcción colectiva de
conocimiento, a metodologías de taller y al trabajo en equipo como componentes
relevantes de la formación docente. La adolescencia, no sólo como abstracción,
sino en su manifestación real, con todas sus determinaciones históricas,
económicas, sociales, culturales y
su diversidad; del
mismo modo que el
estudio de
las realidades y problemáticas sociales debe tener
fuerte presencia en la formación.
Lo que venimos sosteniendo no implica en modo
alguno, vale aclararlo, menosprecio de la capacitación académica. Todo lo
contrario, tal menosprecio existe hoy de hecho en el rebajamiento permanente de
contenidos, en el descreimiento y falta de compromiso e involucramiento de gran
parte de la masa estudiantil, en la desmotivación de muchos docentes.
Pero no solamente los estudiantes se encuentran hoy excluidos de participación
en el proceso educativo. También lo están los padres y la comunidad en general,
lo estamos los funcionarios “no docentes”. No es sencillo intentar modificar este estado de cosas.
Implica en primer lugar que todos cambiemos la cabeza. Estar dispuestos
a abandonar el refugio seguro de las rutinas cotidianas para aventurarnos en
una “utopía” que nos demandará mayor compromiso, mayor exigencia. Implica
también cuestionar concepciones establecidas en cuanto al “saber” y sus
“depositarios” históricos, asumiendo su carácter de construcción colectiva y
permanente.
En el marco de una
concepción democrática y participativa merece atención la necesaria “inclusión”
e involucramiento del conjunto de
funcionarios “no docentes” como agentes reales del proceso educativo.
Es sabido que la educación no es patrimonio
exclusivo del sistema educativo. La familia, la sociedad, los ámbitos más
próximos de desenvolvimiento social, los “medios de comunicación”, etc., son
todos agentes educativos de innegable incidencia. Por su parte en la
Institución educativa no sólo en el aula se “educa”. Todos los espacios y
actividades son escenarios de educación.
La comunidad educativa engloba -debería englobar- a docentes, estudiantes
y funcionarios como partícipes activos y responsables, independientemente de
sus diferentes roles.
El funcionario convive con el estudiante, muchas
veces está más cerca de él que el propio docente. El funcionario Administrativo
cumple una función soporte del sistema, que lo obliga a un relacionamiento
permanente con estudiantes, padres y docentes. El/la Auxiliar en particular,
tiene una relación muy cercana con el estudiante -muchas veces es tomado como
“confidente”- y conoce más de cerca problemáticas que los aquejan. Es imprescindible
jerarquizar la función, brindando formación permanente y participación en los
planes, proyectos y evaluaciones de la Institución. Pero lo que es más grave,
como “solución” a la total falta de personal,
esta función en muchos casos ha sido tercerizada lo que supone que
empresas de limpieza contratan a personas aún con peores sueldos y sin
considerar que las mismas van a
desempeñar funciones en
permanente contacto con
los
alumnos.
La dictadura militar inició un proceso de
desmantelamiento que ha sido continuada
por los gobiernos posteriores. Cargos pertenecientes al escalafón
administrativo han pasando a ser desempeñados por docentes sin preparación ni
interés en la tarea administrativa. El propio cargo de Secretario liceal ha desaparecido del escalafón. Las vacantes
se han “desfinanciado” y el dinero derivado a financiar “horas de apoyo
docente”, un instituto vergonzoso que
ha servido para el acomodo liso y llano. No hay concurso, no hay ascenso, no
hay formación. La función se encuentra devaluada al extremo.
La subestimación y
desconocimiento por parte del sistema
de todos aquellos que no
participan directamente en la tarea de aula
es parte de una concepción conservadora, elitista y
discriminadora.
Creemos firmemente que la educación, como la salud,
como la seguridad, como la propia economía -que debería también estar presente
en los liceos- no son, no deben ser el reducto exclusivo de los técnicos ni
mucho menos. Pertenecen al pueblo en su conjunto y éste debe ejercer su
soberanía decidiendo las políticas del caso.
Los otros olvidados y sin políticas educativas
acordes son los estudiantes adultos. Más allá de la existencia de liceos
Nocturnos y sólo dos liceos Diurnos para adultos -los dos en Montevideo- la
educación para adultos casi no existe. A pesar de haber sido nuestro país el
primero en América Latina en la creación de un Liceo Nocturno con la finalidad
de “fomentar el amor al estudio a obreros y empleados” (Bralich), siempre ha
sido un apéndice donde no se toma en cuenta los intereses ni las necesidades de
los adultos. Los primeros intentos de abordar esta problemática ha sido por los
directamente involucrados, un liceo Nocturno de Bachillerato con la conducción
de la Prof. Martha Averbug, propusieron e introdujeron cambios importantes
en la evaluación, en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en la sistematización
de las horas de apoyo, etc. pero los principales cambios fueron en la gestión o
funcionamiento del centro, donde participan todos los actores: estudiantes,
docentes, funcionarios y se apunta a mantenerse abierto siempre a propuestas,
modificaciones y adecuaciones en base a la experiencia-acción-consecuencia-evaluación.
Este camino -imprescindible en cualquier
proyecto para adultos- permite aplicar el plan adecuándolo a
las distintas realidades de los centros, sus
especificidades, tanto en la capital como en el interior del país. Un currículo integral e integrador con calidad
de educación de adultos debe contar con determinados requisitos como ser
abierto, flexible, modular, en ocasiones adaptado y otras veces específico,
respondiendo a los ideales de una sociedad democrática.
De cualquier modo aún no se pudo avanzar en el estudio de la currícula, ni en los
programas de las asignaturas. ¿A los estudiantes adultos les puede “interesar”
o resultar atractivo exactamente los mismos contenidos programáticos que a los
adolescentes? Si dijimos que hay carencias importantes en la formación de
docentes para el mejor desarrollo de la educación participativa de
adolescentes; la formación de docentes para educación de adultos no existe.
El Ciclo Básico recién comienza a estudiarse y la
realidad aún es más preocupante dada la gran cantidad de jóvenes ya excluidos
por edad de los liceos diurnos, que tenemos la obligación de -con políticas
educativas acordes- “rescatarlos”. Y el
alto porcentaje de jóvenes adultos que aún no han culminado el Ciclo
Básico.
Más allá de experiencias concretas, que mencionamos
como válidas por sus logros, que en gran parte devienen por haber sido
iniciadas desde el centro educativo y con la participación de todos los actores
involucrados, reivindicamos un área de Educación de Adultos dentro del Consejo
de Educación Secundaria con el cometido específico de elaborar, continuar y
coordinar las propuestas existentes. Es necesario un sistema de educación de
adultos que pueda efectivizar el principio de educación permanente a lo largo
de toda la vida. Quien no pueda acceder a la educación y a la formación pierde
realmente derechos y capacidades de formar parte de la ciudadanía.
Es preciso disponer de un
sistema de educación de adultos
que asegure el derecho de
todos al acceso a la educación,
y a la formación que mejore
y actualice
las cualificaciones de hombres
y mujeres.
Discutiendo con amplitud, tolerancia y creatividad
qué educación queremos,
estamos también y fundamentalmente discutiendo (y definiendo)
qué país y qué democracia queremos.