DOCUMENTO PROGRAMÁTICO DEL

ENCUENTRO NACIONAL DE ESTUDIANTES DE FORMACIÓN DOCENTE

DE CARA A UNA NUEVA LEY DE EDUCACIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Setiembre de 2006
 

ALGUNOS PUNTOS DE PARTIDA DE NUESTRA PROPUESTA

 

 

En las discusiones sobre educación suele acaecer que los temas referidos a su marco conceptual fundante, o bien se dan por supuestos, quedando excluidos del análisis y sobre todo olvidados en la práctica, o bien adquieren la forma de ornamentales y demagógicas proclamaciones, funcionales a la justificación de políticas educativas diametralmente opuestas al mismo.
En este marco, hemos visto y escuchado a los ideólogos del neoliberalismo en educación impulsar reformas mercantilistas destructivas de la condición de la misma como bien social y paralelamente decir que lo hacían para fortalecer la educación pública. También los escuchamos alabar la gratuidad sin jamás aludir a sus condiciones materiales de realización social o rendirle culto a la laicidad mientras instituían actas regulativas que coartaron la libertad de agremiación de los estudiantes. En fin, las ilustraciones del caso podrían ser extenuantes y entristecedoras, pero lo que nos importa destacar, no obstante las características y complementaciones de estas modalidades políticas, es que sus usos y consecuencias son concurrentes al ocultamiento del verdadero valor que tienen los principios rectores en la forma que se piensa, organiza y desenvuelve toda actividad socialmente significativa como es la educación.

Son muchas y variadas las voces que apelando a la practicidad, consignan que discutir acerca de estos temas, poco o nada tienen que ver con los problemas reales y acuciantes que hay que atender y solucionar. Lo que no dicen, claro, es que todo problema concreto en el campo educativo, se piensa, problematiza y resuelve desde un determinado conjunto de ideas y valores que expresan intereses no siempre convergentes. Nadie se define sobre controversias pedagógicas sin marcos de definiciones ideológicas, es decir: sin un cierto cuerpo de principios rectores.

Cuando en cuestiones sociales relevantes se dice: “las cosas son así porque así fueron siempre o porque así lo indica la marcha del mundo globalizado”, lo que se esta procurando es consagrar el orden establecido y su lógica de acción, imponiéndolo de hecho y cancelando de antemano cualquier indicio de perspectiva crítica y transformadora.

De esta manera, contrariando la mentalidad conservadora y tecnócrata, discutimos en la perspectiva de los fines y principios de la educación, y esto lejos de conducirnos a la postración de inconclusas tertulias de autoconsumo, es un insoslayable acicate para apuntalar la vivificación de las dinámicas de cambio social y a los sujetos históricos del mismo.

De lo contrario, en el cuasi-anonimato del poder, entre pocos resolverán lo que debemos hacer entre todos, exacerbando así, la alienación social. Cuando advertimos sobre la pertinencia y necesidad de reflexionar crítica y lúcidamente sobre de los fines y principios de la educación, no lo hacemos desde una postura ahistórica y meta-social, sino en estrecha relación de consecuencia con lo que deben ser las condiciones concretas y los medios conducentes a su materialización, en una trama de circunstancias siempre complejas y en devenir.

Definir los contenidos de una nueva ley de educación no es, en última instancia un asunto de refinamientos jurídicos, sino de propender a la superación de esa perversa disociación entre fines y medios, con el propósito de cancelar los factores que han provocado la crisis estructural del sistema educativo publico. Plantearse los contenidos de la nueva ley desde la dimensión de los principios rectores, es discutir de educación en clave estratégica, es interrogarse para delinear críticamente qué tipo de sociedad queremos educar y en base a que concepción de ser humano queremos asentar la acción pedagógica.

Es plantearse cómo estructurar la educación para desarrollar un proyecto educativo transformador y cuáles son las iniciativas necesarias para poder hacerlo real. La ley no es, ni por añadidura, un fin en sí misma, sino una condición de posibilidad – en este contexto histórico – para afirmar las bases organizativas y funcionales que permitan llevar a cabo una educación publica de calidad y al servicio de la emancipación cultural de nuestro pueblo.

El espesor cualitativo y la amplitud cuantitativa de estas discusiones de fondo, y  las necesarias consecuencias prácticas que de ellas se deriven, así como su permanente vigilia crítica, representan un indicador del desarrollo conciente de la sociedad con respecto a sí misma y a su proceso de autoconstrucción. Este es el arduo camino de la sociedad confiando en sí misma, en la resolución de sus destinos, en la ampliación y consolidación de sus derechos y la asunción de sus responsabilidades.

El otro camino, actualmente dominante, ya lo conocemos. Es el camino del mercado capitalista, de la sobredosis pragmática, de la atrofia del pensamiento y la fosilización de la prácticas sociales. El paradigma del pensamiento único no solo se caracteriza por sus contenidos, si no, y sobre todo, por sus formas y mecanismos de funcionamiento. La toma de conciencia acerca de dónde estamos y hacia dónde queremos ir y porqué, no es la panacea, no es la solución a todos los problemas, pero es el fundamento imprescindible de toda pretensión instituyente.

Recuperar los horizontes de cambio y romper con la aceptación acrítica de lo instituido, es acción subversiva de la reflexión contra el disciplinamiento del pensamiento único del pragmatismo capitalista, auténtico lastre del ingenio emancipatorio de las capacidades de los individuos y de los pueblos.

En coyunturas sociales donde todo parece tan vertiginoso y abrupto parece que se ha hecho muy difícil no perder los horizontes de cambio y muy fácil ahogarse en la corriente capciosa de la ciega lógica de los hechos consumados. Como estudiantes gremialmente organizados asumimos esta coyuntura social y educativa con compromiso histórico y perspectiva estratégica. Nuestro compromiso histórico deviene del extenso legado de lucha libradas por el movimiento estudiantil en defensa de los intereses populares, contra el autoritarismo y la mercantilización, en permanente batalla por un educación pública al servicio del pueblo. El movimiento estudiantil, con sus mártires en la conciencia, posee registro histórico en clave de dignidad, porque esta y ha estado siempre amalgamado a la lucha contra las injusticias sociales. Esta memoria colectiva, en pugna abierta con la amnesia deliberada, constituye buena parte de nuestra identidad y es el firme cimiento de la perspectiva estratégica con la que encaramos la construcción de un nuevo proyecto educativo.

La naturaleza del ámbito educativo, su dimensión cuantitativa y sus propias funciones específicas lo inhiben de ser aséptico o indiferente al desarrollo desigual de la sociedad. En el marco de sus desafíos, controversias y sus contradicciones históricamente determinadas hablar de perspectiva estratégica, es hablar de inscribir la acción pedagógica en el horizonte de un proceso histórico de cambios sociales generales, en donde el proyecto educativo sea un factor fermental de ese proceso, y no un dispositivo retardatario del mismo.

En el contexto histórico de un país subdesarrollado, dependiente y dramáticamente empobrecido a raíz de la corrosión capitalista, el compromiso prioritario del sistema educativo tiene que ser con los pobres y los explotados, con los que con la fuerza de su trabajo producen las riquezas que hacen sustentable la vida social, constituyendo por ello la fuerza motriz del desarrollo y la dignidad del país. Se tiene que terminar el tiempo del dios mercado y tiene que llegar el tiempo de la solidaridad y la igualdad social, bases imprescindibles para la potenciación de la fecunda diversidad humana.

No queremos una educación que este al otro lado de la vereda, ni tampoco que este a medio camino. Queremos una educación consustanciada plenamente con los derechos humanos en su más amplio y profundo sentido. Por eso, antes de ahogarnos en la ciega lógica de los hechos consumados, reivindicamos la legitimidad de recuperar la dignidad de los horizontes de cambio. Por eso hablamos en un idioma distinto al de los poderosos. Por eso hablamos de la necesidad y de la pertinencia de proyectar los cambios desde una relación de coherencia entre los principios rectores y las condiciones concretas para su realización. Por eso hablamos que la teleología del proyecto educativo tiene que ser la emancipación cultural de nuestro pueblo. Por eso hablamos con la fuerza de nuestra voz y la imponente vigencia del legado histórico del que nacemos.

 

 

 

LA CRISIS DE LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN EL URUGUAY DE HOY

 

 

 La educación pública uruguaya está inmersa en una profunda crisis. Esta crisis se expresa en el diario quehacer pedagógico y en el funcionamiento de los centros educativos de los distintos subsistemas de la ANEP, y desborda todo intento de justificación efectiva.

El malestar social y la distorsión en la comunidad educativa que genera el autismo y la convivencia institucional ante las consecuencias concretas de esta crisis, es una realidad constante, sea manifiesta o latente. Y lo que es aún peor, obnubila el potencial de la acción educativa y la validez de muchas de sus bonanzas, imprescindibles desde el punto de vista social.

Cuando un colectivo social se enorgullece de lo que supo ser, y se entristece por lo que es, entonces aflora el momento de transformar la actualidad, abriendo el proceso innovador y revulsivo de los cambios.

Deserción, masificación, altas tasas de repetición, carencias logísticas e infraestructurales, asimetrías entre Montevideo y el interior, la pauperización y exclusión de docentes y funcionarios y la incomunicación expulsiva hacia los padres y estudiantes, son algunas de las muchas evidencias que registran esta crisis. Sin embargo, las causas últimas que operan en la producción de las manifestaciones visibles de la misma, no suelen ser tan claras y detectables.

El eventual consenso general entorno a la existencia de esta crisis, se desvanece al momento de determinar sus causas y fundamentalmente, en lo que respecta a su carácter indicativo acerca de los cambios que se necesitan para su superación. La crisis a la que aludimos deviene de un proceso histórico, la misma no apareció por generación espontánea y tampoco es anónima, tiene responsables políticos. Desde el punto de vista histórico, el proceso de crisis emerge en los prolegómenos de la última dictadura cívico-militar que azotó al país y se profundizó exacerbadamente en los sucesivos gobiernos neoliberales de la derecha civil. En ese marco no es muy difícil darse cuenta donde radican las principales responsabilidades políticas. Dar cuenta de lo señalado configura la causalidad del estado de crisis. Esta reseña si bien no va a laudar la problematización, empero suministra un abasto relevante de signos para pensar el camino  que queremos recorrer y no repetir recetas perimidas.

En este sucinto marco de análisis, consignamos los tres factores principales que subyacen al deterioro escolar y dan cuenta de nuestra valoración acerca de la crisis estructural de la educación pública no universitaria en el Uruguay de hoy.

 

 

EL FACTOR PRESUPUESTAL.

 

 

El raquitismo económico que signa las partidas presupuestales destinadas a la educación es uno de los factores determinantes de la aciaga situación infraestructural, logística y salarial que atraviesa toda la enseñanza pública. Según el PNUD, con el 2,6% del PBI asignado a la educación, Uruguay se ubicaría en 2005 en el lugar 117 en una lista de 132 países. Incluso, en el hipotético escenario de un 4,5% del PBI para la educación y según el estudio del mismo organismo de la ONU, el país quedaría ubicado en el lugar 77 de esos 132 países.

La pauperización presupuestal, no sólo establece inexorables limitaciones funcionales, sino que se transforma en un instrumento de coerción inmediata del sistema político sobre las líneas de acción del aparato educativo.

Por otra parte, es destacable mencionar que los esmirriados recursos económicos han provocado que lo que debería ser una extraordinaria condición positiva, como es la llamada “masificación” (aumento exponencial de la matrícula) se convirtiera en una verdadera espada de Damocles. La superpoblación de estudiantes por aula, al igual que la incapacidad infraestructural de los subsistemas primarios y de educación media, configuran una superexplotación de los funcionarios docentes y no docentes, los cuales ven cada vez más esquivas sus funciones. A su vez, como consecuencia de este hecho se debilitan los ingentes esfuerzos por mantener una educación de calidad. Por esta vía, no solo se atrofian las funciones educativas y se desaprovecha una formidable posibilidad de crecimiento y desarrollo cultural a nivel social, sino que se obtura por la base la necesaria universalización de acceso y permanencia en la educación. Una enseñanza boicoteada económicamente, es un boicot al ejercicio real de la educación como derecho social de toda persona.

La lógica presupuestal impuesta en las últimas décadas, no sólo llevó al agobio económico a los trabajadores de la educación y a la degradación de la prestación y calidad del proyecto educativo, sino que facilitó la supeditación del mismo a la ilegítima y antipedagógica actuación de la tecnocracia de los organismos de crédito internacional. Entre los años 1994 y 2002, a través de la ANEP, el país se endeudó en 176,5 millones de dólares con éstos organismos                      (particularmente con el Banco Mundial y con el Banco Interamericano de Desarrollo), sin contar los onerosos intereses de estos protobancos devoradores de dineros públicos. Estos contratos, además de ser flagrantemente violatorios del Art.204 de la Constitución, fueron la llave maestra para la estructuración de organismos para-institucionales de conducción política de la educación pública, agraviando severamente la soberanía del proyecto educativo y llevando los causes del mismo hacia la mercantilización y la pérdida de calidad cultural. Por esta vía se incrementó, entre otras cosas, la asimetría con la educación privada.

La falta de recursos económicos ha golpeado duramente también, la organización, desarrollo y potenciación de la formación docente. Esto es especialmente regresivo si se toma en cuenta que no hay ninguna posibilidad de dar un salto cualitativo en la función social de la educación, si se desatiende la formación de los futuros docentes que tendrán bajo su cargo la responsabilidad concreta de la relación pedagógica con el estudiante. En nuestro país, cabe recordar que por muchos años, se postergó y desnaturalizó severamente la formación de maestros técnicos para la educación técnico profesional, y que, en el caso de la educación media, ninguna de las asignaturas de su currículo tiene un cuerpo docente que posea título habilitante en su totalidad. Aún peor, sólo en el caso de tres asignaturas apenas se supera el 50% de profesores titulados, llegando al paroxismo que en algunas materias, sólo 13 de cada 100 profesores poseen habilitación de algún centro de formación docente.

Sin una efectiva rectificación de estas políticas presupuestales no hay condiciones reales para construir un nuevo proyecto educativo. La verdadera “fuga de cerebros”, es condenar a la inanición económica a la educación pública.

     Sin una auténtica autonomía financiera que tenga como punto de partida el 27,5% del total de gastos del gobierno central para el presupuesto educativo, es poco creíble que se quiera revertir la crisis de la enseñanza pública.

 

 

EL FACTOR NORMATIVO-INSTITUCIONAL

 

 

La verticalidad organizativa y la supeditación política de las autoridades de la educación al gobierno de turno, han desertificado el sistema educativo de la dimensión democrática que le es inmanente.

El modelo burocrático-partidista que instauró la ley 14.101, que se consolidó con la ley 15.739 y que se exacerbó extraordinariamente con la ley 16.115 ( ley que modificó los mecanismos de integración de las autoridades de la educación tanto a nivel del CODICEN de la ANEP como de los Consejos Desconcentrados) a favor del clientelismo político, constituye un factor antipedagógico, autoritario y retardatario que es imprescindible suprimir para romper con la lógica de la crisis. El modelo burocrático-partidista fue una necesidad de la reacción política para afirmar el autoritarismo en la enseñanza y asentar las bases organizativas para el avasallamiento de la autonomía de la misma. Este modelo no sólo es impotente en la generación de soluciones sustentables para salir de la crisis vigente, sino que su propia existencia es condición de la perpetuación de la misma. La supeditación funcional al poder central del Estado hace que el sistema educativo naufrague en la volatilidad de los gobiernos de turno, erosionando su imprescindible inteligibilidad de largo plazo y cayendo en un ciclo de dinámicas incongruentes, tanto en lo curricular como en lo administrativo. Bajo este modelo normativo, la autonomía sólo es formal pero no real; de este modo la relativa independencia del gobierno de la educación no es sino un disfraz para ocultar la verdadera dependencia y postración del sistema educativo público al poder central del Estado.

Observando los gobiernos de la educación posteriores a la dictadura, se puede constatar como cada uno de ellos modificó planes y programas, forzando situaciones erosionantes de la necesaria coherencia del proceso de formación de los sujetos. Al pensar acerca del caso de secundaria, con sus sucesivos planes (1986, 1992, 1996, 2002, 2006), se reafirman los fundamentos del planteo de generar un marco normativo-institucional que permita la sustentabilidad del proyecto educativo a largo plazo; la actual vigencia de tres planes en un mismo liceo de primer ciclo excede la necesidad de comentarios. Otro tanto podría extraerse de las experiencias de primaria, educación técnica y formación docente.

Por otra parte, la actual estructura normativa-institucional no sólo violenta la autonomía de la educación, sino que atenta contra la propia soberanía del proyecto educativo nacional. Cabe recordar que fue bajo este modelo, supuestamente autónomo, que ingresaron y desarrollaron su accionar los organismos para-institucionales ejecutores de las directrices de los bancos transnacionales de crédito. Pero esta estructura, no sólo genera problemas desde una perspectiva de políticas educativas a largo plazo. La propia dinámica pedagógica cotidiana se ve afectada por un modelo que desplaza al docente de la elaboración de las políticas educativas y que lo reduce al papel de aplicar lo que viene elaborado desde las cúpulas que lo desconocen y lo asemejan al pizarrón y la tiza. Una estructura normativa-institucional con estas características, lejos de fomentar la participación la aplasta, no solamente no promueve el sentido de pertenencia sino que genera extrañamiento. Ante las muy duras críticas que los docentes han recibido respecto de su participación y compromiso con el proyecto educativo, se plantea que es el propio modelo el que lo desprofesionaliza y lo enajena.

 

 

 

Crisis de identidad del proyecto educativo

 

        

 La educación ha sufrido en estos últimos años, y principalmente desde las reformas neoliberales de la década del noventa, una profunda crisis de identidad. Este hecho conduce a la necesidad de problematizar nuevamente el fenómeno educativo, es decir, a reformular su papel en la sociedad y a reasignarle fines y funciones.

La causa fundamental de la pérdida de identidad de la educación es el proceso de mercantilización de la misma. Una realidad que permite constatar en la práctica este proceso al que se hace mención, es el involucramiento de organismos internacionales (como los bancos transnacionales) en el ámbito educativo. La mercantilización de la educación, y fundamentalmente de sus resultados, se sustenta en la idea que la formación que una persona posee es una mercancía con la cual se negocia en el mercado de trabajo.

Desde un punto de vista individual, esta concepción presenta a la educación como una posibilidad de inversión de los sujetos, desconociendo que esta es en realidad un derecho humano inalienable. Desde un punto de vista social, esta lógica conduce a desconocer a la educación como un bien público, y a asumirla como un medio para mejorar las condiciones de inversión y crecimiento económico.

Estos planteos netamente económicos, además de responder al modelo neoliberal y a sus necesidades de mano de obra, son peligrosamente reduccionistas. Así entendida, la institución educativa pasa a ser un agente económico más en la sociedad y pierde su carácter de agente cultural, que juega un rol primordial en el relacionamiento que la sociedad tiene con el conocimiento. Es la educación la que debe transmitir a las generaciones futuras el conocimiento acumulado por la sociedad hasta el momento actual, la que debe promover la reconstrucción del mismo y la creación de nuevo conocimiento, como también la que debe orientar el uso que la sociedad le da al conocimiento; por todo esto, resulta inaceptable que se le asigne a la institución educativa el rol de brindar a las personas las habilidades básicas que le permitan integrarse al mundo del trabajo.

No se trata de negar con esto la necesidad de formar a las personas en tanto sujetos participes de los procesos productivos, sino todo lo contrario. Se reacciona ante la concepción del trabajador pasivo, acrítico y enajenado, y se promueve un trabajador con criterio autónomo, que se apropie de los procesos productivos en los que participa y que desarrolle su tarea con espíritu cooperativo. Es decir, se promueve una formación integral del sujeto, en tanto ser social, político, económico y cultural, donde uno de estos aspectos no puede ser abordado sino en estrecha vinculación con los otros.

Esta reformulación de la identidad del proyecto educativo, le asigna al mismo fines trascendentes y a la vez ambiciosos. Una barrera para la consecución de estos fines es la fragmentación social y su inevitable reflejo en la educación. Las reformas neoliberales introdujeron el asistencialismo como uno de los componentes básicos de la misma: se le exige a la escuela que cumpla, a la vez, el papel de familia, de comedor, de psicólogo, de domicilio, etc. No desconocemos que la satisfacción de ciertas necesidades básicas es un requisito para aspirar a cualquier aprendizaje, pero cargar a la institución educativa la obligación de hacerse cargo de todas estas funciones, es prácticamente condenarla a no cumplir satisfactoriamente ninguna de ellas.

En este marco, las asimetrías entre la educación pública y la educación privada se han acentuado notoriamente. Mientras la educación pública ha cargado con las consecuencias de la pobreza y la exclusión, la barrera social impuesta por los institutos privados a través de la matricula, les ha permitido abocarse a su función primaria, que es la función puramente educativa. De este modo, se evidencia que ciertos argumentos esgrimidos en pos de la democratización de la educación y la universalización del acceso, no son más que formas solapadas de perpetuar desigualdades ya existentes.

 

 

 

 PROPUESTA PROGRAMÁTICA

 

 

El concepto central y estructurante para una nueva ley de educación, sustitutiva de la 15.739, es la consagración de la autonomía y el cogobierno para toda la educación pública.

En la perspectiva que hemos venido analizando, la autonomía y el cogobierno se entienden como un objetivo fundamental y necesario para la democratización del funcionamiento institucional, así como para asegurar la soberanía pedagógica del proyecto educativo. En tal sentido, la autonomía y el cogobierno representan un objetivo de valor dual: por un lado expresan un objetivo en sí mismo, en tanto se conciben y proyectan como condición necesaria para la plena restitución de la capacidad instituyente y democrática de los actores de la educación pública en todas las órbitas de su gestión. Por otro lado, expresan un objetivo funcional imprescindible para el desarrollo de un proyecto educativo sustentado en criterios técnico-pedagógicos, elaborados por y desde la comunidad educativa y en relación a fines y principios socialmente determinados.

De este modo, la autonomía y cogobierno de toda la enseñanza pública posee un valor esencial, pero no es un fin en sí mismo. Tampoco es un tónico mágico que solucionará automáticamente la crisis general de la educación pública. Pero sin lugar a dudas, su consecución establece condiciones necesarias y legítimas para el impulso de un redimensionamiento general y profundo de cambios que, de forma progresiva, establezca un modelo educativo de nuevo tipo. Un modelo que no sólo re-significa las relaciones ulteriores al plano estructural interno de la educación, sino que desarrolla un nuevo tipo de vínculo con la sociedad en su conjunto y complejidad.

Concebir la autonomía y el cogobierno en una perspectiva integral de cambios, implica distinguir que el proceso democratizador de la vida educativa pasa tanto por cambiar las estructuras y mecanismos de gobierno de la enseñanza como también por la promoción de una cultura de compromiso y participación de parte de los sujetos que integran el sistema educativo.

La configuración del modelo autonómico y cogobernado tiene como condición necesaria y fundamental para su consecución que las autoridades del gobierno de la educación no estén subordinadas a la lógica de la cuotificación político-partidaria. En tal sentido es imprescindible cambiar el mecanismo de integración a los consejos directivos, volviendo a retomar la lógica de la elección y suprimiendo la de la designación del Poder Ejecutivo. Las autoridades de la educación deben ser electas por los órdenes que la componen, para que de esta forma dejen de ser instrumentos funcionales a los proyectos de poder de turno, lo cual significa garantizar condiciones básicas para que la educación, como proyecto de largo plazo no quede canelado. Esto implica la instalación de un modelo de funcionamiento caracterizado por una dinámica de acción pedagógica idónea y pertinente, en donde los sujetos educativos estén en relación directa con la construcción, diseño y ajuste de las políticas educativas. Apostar a este nuevo tipo de modelo es apuntar a la soberanía pedagógica de la educación, donde la dimensión de largo plazo y su necesaria inteligibilidad, se empalma con condiciones axiológicas epistémicas y democráticas que habilitan sustentar un proceso continuado de cambios, concebidos éstos en una lógica interna congruente y en miramiento a la relación estratégica de la educación con sus fines y funciones sociales.

Como redimensionamiento institucional, la autonomía y cogobierno para toda la educación pública, implica vincular normativamente la acción instituyente de los diversos órdenes con la estructura instituida del funcionamiento del sistema, y por lo tanto propiciar la superación del estado de extrañamiento que impone la disociación de la práctica, la reflexión y la toma de decisiones. Democratizar el gobierno de la enseñanza es educar para la participación social. La función socio-pedagógica de la práctica del cogobierno, posee un alto valor cualitativo en la creación de una cultura participativa, que redefiniendo y potenciando el ejercicio de los derechos y las responsabilidades, permite a las personas apropiarse de la construcción de su propia autonomía y hacerlo en un marco colectivo, democrático, deliberante y comprometido con los cambios sociales solidarios y emancipatorios.

La consagración de la autonomía y el cogobierno, es en realidad la consagración del cogobierno, porque sólo a través del cogobierno la autonomía es real. El modelo autonómico y cogobernado es la recuperación del espacio público por encima de la lógica del mercado y los intereses corporativistas del sector empresarial. Su conquista es la base “sine qua non” para el desarrollo de un proyecto educativo al servicio de la educación integral, solidaria y popular.

 

CARACTERIZACIÓN DEL MODELO AUTONÓMICO Y COGOBERNADO

 

§       La efectivización plena y genuina de la autonomía constitucionalmente prescripta para todos los entes de la enseñanza pública requiere de la independencia política de las autoridades de la educación con respecto al poder central del Estado, a los organismos trasnacionales de crédito y a todo lobby o corporación nacional o extranjera. La democratización institucional del sistema educativo exige que los mecanismos de integración  a sus órganos de dirección central se sustenten en la elección y no en la designación. La integración electiva de esos órganos se hará por parte de los distintos órdenes vinculados, atendiendo para ello las características específicas de cada rama de la educación. La nueva ley debería reglamentar, sobre esta base, los mecanismos de elección y revocación de los miembros de cada órgano, garantizando así el activo ejercicio de los contralores colectivos necesarios para el funcionamiento democrático del sistema.

§       La nueva ley deberá consolidar a las Asambleas Técnico Docentes como órganos de asesoramiento, elaboración y veeduría de los consejos respectivos. En relación a las políticas educativas sus pronunciamientos tendrán carácter preceptivo.

§       Todos los cargos que no sean electivos deberán regirse exclusivamente por el mecanismo del concurso. Cada consejo autónomo y cogobernado diseñaría el reglamento de estos concursos dándole prioridad al criterio de oposición, quedando el criterio meritocrático como un mecanismo de prelación entre quienes superen la primera instancia.

§       Se deberá regularizar el funcionamiento del Congreso Nacional de Educación  como ámbito para la evaluación y balance del proyecto educativo. Los fines y funciones de la educación son de estricta naturaleza sociopolítica. Corresponderá al Congreso determinar sus significados, vigencia y alcance. En esta materia, las definiciones del Congreso Nacional de Educación constituirán el horizonte estratégico de las políticas educativas a ser impulsadas, con el debido procesamiento técnico pedagógico ulterior, por el Sistema Nacional de Educación Pública (SNEP).

§       Todos los estatutos y reglamentos de funcionamiento respectivos a la dimensión interna y ulterior de cada rama de la educación pública serán elaborados y aprobados por los consejos autónomos y cogobernados. La nueva ley de educación debe establecer un marco normativo que propicie el libre juego democrático entre lo institutito y lo instituyente en el marco de una cultura de funcionamiento caracterizada por la participación, el compromiso, la deliberación plural y la resolución colectiva.

§       La nueva ley de educación deberá poner especial atención en salvaguardar la unidad curricular del proyecto educativo. Esto, tanto a nivel del papel de lo público con respecto a la educación privada, como en lo atinente a su dimensión interna.

§       El erario público debe ser el responsable de dotar los recursos económicos necesarios (27,5 % del presupuesto nacional) para el desenvolvimiento global de la educación pública. Cualquier otra eventual vía de financiamiento debe, como condición sine qua non, estar exenta de todo tipo de condicionamientos políticos. Este tipo de financiamiento (donaciones, convenios con otras instituciones públicas, etc.) serán resueltos exclusivamente por los consejos directivos autónomos de los respectivos entes de la educación pública.

§       La evaluación institucional no podrá bajo ningún concepto irrogar el carácter público y autonómico de la educación. Bajo este precepto, la nueva ley de educación establecerá las competencias en esta materia en la orbita de los consejos directivos autónomos y cogobernados.

§       La ley deberá instituir las Comisiones Departamentales de Educación. Estos organismos estarán integrados al marco autonómico y cogobernado de la educación. Tendrán por cometido asesorar y controlar a los Consejos Directivos de primaria, secundaria y UTU en materia de funcionamiento institucional, administrativo y presupuestal. Estas Comisiones Departamentales de Educación serán integradas por los padres de los estudiantes que participen en los CAC de cada centro educativo de primaria y ciclo básico de educación media a través de la convocatoria a la Asamblea Departamental de padres. Funcionarán con respaldo administrativo e independencia de los Consejos Directivos.

§       Se deberán instituir Consejos Asesores y Consultivos (CAC) en cada esuela, liceo y escuelas técnicas (respectivas a ciclo básico). La expansión general de esta experiencia es un instrumento idóneo para democratizar la dimensión microestructural del sistema educativo. Los marcos regulatorios de estos órganos serán confeccionados por los consejos directivos autónomos y cogobernados pertinentes.

§       En el marco del modelo autonómico y cogobernado de todos los entes de la enseñanza pública se constituirá el Sistema Nacional de Educación Pública, cuyo cometido fundamental será garantizar la hilvanación estratégica y congruente del proyecto educativo nacional. El Sistema Nacional de Educación Pública es la objetivación de la necesaria articulación interinstitucional de todos los Consejos Directivos autónomos y cogobernados de la educación pública. Es  atribución del Sistema Nacional de Educación Pública definir y ejercer los instrumentos de habilitación y regulación de los institutos de enseñanza privados. El Sistema Nacional de Educación Pública bregará por la unidad, calidad y solvencia del proyecto educativo; en tal sentido deberán establecerse los ámbitos de coordinación centrales y transversales en particular atendiendo las interfases entre los distintos niveles de la educación pública.

§       Se establecerán Consejos Consultivos de composición y funcionamiento eventual, con el objetivo de dinamizar las articulaciones entre los órganos de gobierno del Sistema Nacional de Educación Pública (SNEP) y otros agentes socialmente relevantes. Estos consejos no tendrán efecto vinculante. Su estatuto será definido en la coordinación del SNEP.

§       En el marco de la unidad pedagógico- curricular (que no es lo mismo que uniformidad) y de los principios y fines de la educación pública. Se prevería a través del SNEP, que cada entro educativo organice y desarrolle su propio proyecto de trabajo, priorizando la interrelación con la comunidad social de su contexto a fin de coadyuvar a la reconstrucción del entramado social solidario.

§       El sistema nacional de educación publica bregaría por el cumplimiento de los siguientes principios rectores:

-         La educación es un derecho humano inalienable. En tanto bien social y no mercancía, se propugnará por la plena validez y vigencia de la condición pública de la educación. La Educación Pública es manifestación de su dimensión como Derecho Humano y no como bien de mercado, como instrumento supeditable al lucro.

-         La educación gratuita. Se deberá redimensionar el concepto de gratuidad poniendo especial atención a las condiciones concretas para su efectividad. La gratuidad es condición necesaria para la universalización del acceso y permanencia del estudiante en el estudio.

-         La emancipación cultural. El proyecto educativo debe tener como principal finalidad la formación de sujetos críticos, reflexivos y autónomos, comprometidos con la solidaridad y la igualdad social. Se debe garantizar una formación integral, promoviendo el desarrollo de las capacidades cognitivas en los humanístico, científico, artístico y físico. Un  proceso formativo integral se inscribe en la perspectiva de potenciar la diversidad de los talentos y virtudes de los seres humanos para la realización de una buena humanidad.

-         El proyecto educativo debe estar comprometido con la lucha permanente contra todo dogmatismo y práctica adoctrinante. En tal sentido debe velar por el pleno ejercicio de la laicidad, la libertad de cátedra y la libertad de opinión.

 

El proyecto educativo debe promover un nuevo paradigma de producción, distribución y usos de los saberes, combatiendo su reducción a mercancía y revalorizando su dimensión social y solidaria. En tal sentido se bregará por el fomento de una perspectiva axiológica cooperativa, solidaria y comprometida con la igualdad social de los seres humanos.

 

 

 

ENCUENTRO NACIONAL DE ESTUDIANTES DE FORMACIÓN DOCENTE

 

Setiembre 2006